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Opinión

La mercader de influencias

Eva Ferrer no es precisamente una desconocida que apareció de repente para contar historias sobre los pasillos del poder. Estuvo cerca de Verónica Alcocer, participó en el proyecto político que llevó a Gustavo Petro a la Presidencia de Colombia y posteriormente ocupó un cargo en el Gobierno. Conoció desde adentro las relaciones, los personajes y las disputas de un entorno que hoy describe en términos extraordinariamente graves. Por eso, sus declaraciones no pueden despacharse como una simple controversia entre adversarios políticos. Pero tampoco pueden aceptarse como verdades judiciales por el solo hecho de provenir de alguien que estuvo allí.

En la entrevista concedida a la revista Semana, Ferrer lanzó acusaciones que, de comprobarse, comprometerían mucho más que la reputación de una ex primera dama. Habló de viajes oficiales a Venezuela, presuntos movimientos clandestinos de dinero, tráfico de estupefacientes, armas y una red de intermediarios que habría aprovechado sus relaciones con el poder para realizar negocios de enorme magnitud. Uno de los episodios más delicados corresponde a enero de 2023, cuando, según su relato, Manel Grau le contó que de un viaje a Venezuela habían regresado con 2,5 millones de dólares.

La diferencia entre lo que Ferrer sabe directamente y aquello que asegura haber escuchado de terceros es fundamental. Si Grau le contó lo sucedido, corresponde establecer si esa conversación existió, qué información tenía y cuáles son las pruebas que pueden respaldarla. No basta con repetir la acusación, por escandalosa que resulte. El país necesita conocer documentos, registros, testimonios y movimientos financieros que permitan establecer la verdad.

El problema tampoco termina en Alcocer. Durante el Gobierno de Petro, los nombres de Manel Grau y Xavier Vendrell aparecieron reiteradamente en controversias relacionadas con la influencia de asesores extranjeros, las relaciones políticas y los intereses empresariales alrededor de la administración pública. Esa proximidad al poder exige explicaciones, especialmente cuando se trata de personas sin responsabilidades institucionales claramente definidas que, sin embargo, parecían disponer de acceso privilegiado a funcionarios y decisiones estatales.

Ferrer, por su parte, tiene mucho que explicar. Quien durante años compartió espacios de confianza con los protagonistas de los hechos que ahora denuncia no puede pretender que una entrevista periodística resuelva todas las preguntas sobre su propia conducta. ¿Qué conoció personalmente? ¿Cuándo lo supo? ¿A quién informó? ¿Qué documentos conserva? ¿Por qué decidió hablar ahora? Su testimonio merece ser escuchado, pero también sometido al mismo rigor que reclama para los demás.

La ruptura de una relación personal o política puede abrir las puertas a revelaciones importantes. También puede introducir resentimientos, intereses y contradicciones que la justicia tiene la obligación de examinar. Ninguna de esas circunstancias invalida automáticamente una denuncia, pero ninguna convierte al denunciante en una autoridad incuestionable.

Los registros de vuelos oficiales constituyen un punto de partida. La existencia de viajes no demuestra por sí sola que se hayan transportado drogas o dinero ilegal. Precisamente por eso resulta indispensable reconstruir itinerarios, identificar pasajeros, verificar autorizaciones, examinar registros migratorios y determinar qué ocurrió con los equipajes. Si existieron operaciones ilícitas, deben aparecer las pruebas. Y si las acusaciones son falsas, también corresponde establecer las responsabilidades de quienes las formularon.

La investigación anunciada por el Gobierno no debería limitarse a una revisión administrativa de las aeronaves. Los señalamientos involucran posibles delitos que, por su naturaleza, requieren la intervención de autoridades judiciales y, cuando corresponda, cooperación internacional. Las instituciones deben actuar sin proteger a los antiguos funcionarios ni anticipar condenas contra los señalados.

Colombia ha padecido durante demasiado tiempo una deformación de la vida pública en la que la cercanía al gobernante se confunde con un derecho a intervenir en los asuntos del Estado. Los intermediarios prosperan cuando las instituciones pierden autonomía y las decisiones dejan de responder al interés general. Ese es el terreno donde la influencia política puede convertirse en mercancía y donde la corrupción encuentra sus mejores oportunidades.

Las declaraciones de Eva Ferrer han abierto una puerta que ya no puede cerrarse mediante comunicados, descalificaciones o enfrentamientos personales. Ahora corresponde comprobar qué hay detrás de sus palabras.

Si las acusaciones se demuestran, estaremos ante uno de los episodios más graves de utilización indebida del poder durante el Gobierno de Gustavo Petro. Si no se demuestran, el país deberá conocer igualmente por qué se formularon señalamientos de semejante magnitud.

La justicia no puede contentarse con el espectáculo de una antigua colaboradora enfrentada a quienes fueron sus aliados. Debe investigar a todos, incluida la denunciante, y seguir las pruebas hasta donde conduzcan.

Porque la verdad no depende de quién la cuenta, sino de aquello que puede demostrar.

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Efraín Díaz

Efraín Díaz

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