Juntos pero no revueltos
Hace algunos años, en una entrevista con Revista Vision, Fernando Henrique Cardoso —dos veces presidente de Brasil— fue interrogado sobre por qué no buscaba una nueva reelección si aún contaba con el capital político para hacerlo. Su respuesta fue contundente: «Dos períodos son democracia; tres son dictadura».
A comienzos de los noventa, Luiz Inácio Lula da Silva impulsó, junto a figuras como Fidel Castro, y el líder guerrillero de las Farc, Raul Reyes, el Foro de São Paulo. El objetivo inicial de esta plataforma, era darle oxígeno a las democracias latinoamericanas, asfixiadas por la corrupción, la inseguridad desbordada, la pobreza y la ilegitimidad institucional.
Sin embargo, varios de los líderes que emergieron de esa corriente y alcanzaron el poder —como Hugo Chávez, Rafael Correa, Daniel Ortega, Gustavo Petro o Andrés Manuel López Obrador— terminaron desnaturalizando aquellos objetivos.. Embriagados por su comité de aplausos y víctimas de un peligroso sesgo de infalibilidad, delirios de divinidad e inmortalidad lograron concentrar el poder y ponerse por encima de las instituciones. ¿El resultado? mayor inseguridad y pobreza . La gran mayoría usaron su poder para enriquecerse y proteger a grupos guerrilleros convertidos en carteles de drogas y hoy enfrentan cuestionamientos de las autoridades americanas.
En contraste, Lula da Silva tuvo el pragmatismo de tomar distancia a tiempo para no quedar atrapado en la conducta desquiciada de sus aliados. A pesar de ser la figura mas representativa de la izquierda regional, ha mantenido una postura de respeto hacia los pilares de la democracia representativa.
Aquí surge una pregunta ¿puede un líder gobernar por un cuarto mandato y sostener que su país es una democracia?
La respuesta debiera ser no. La reelección indefinida o prolongada rompe el sistema de pesos y contrapesos que regula la separación de poderes. El mandatario que se perpetúa termina controlando la justicia, la fiscalía y los organismos de control, manejándolos a su antojo.
Sin embargo, la realidad política de Brasil en las pasadas elecciones desborda esta teoria institucional. Para millones de brasileños, Lula era una opción infinitamente superior a la de Jair Bolsonaro. Cobran vigencia aquí las reflexiones del estadista colombiano Alfonso López Michelsen: a veces es preferible concentrar la confianza en el liderazgo de un hombre correcto , pulcro y experimentado antes que entregar el poder en varias manos de hombres corruptos
¿Con qué autoridad moral puede hoy la comunidad internacional censurar la decisión soberana del pueblo brasileño al haber elegido nuevamente a Luiz Inácio Lula da Silva? Brasil demostró que, a veces, la democracia debe recurrir a figuras como estas para no retroceder y volver a recorrer caminos ya recorridos.
