Cómo China planea dejar de depender del mundo para alimentarse
En la China contemporánea, la agricultura está adquiriendo un protagonismo que habría resultado poco probable durante los años de su mayor expansión industrial. En algunos centros comerciales se organizan concursos de siembra de arroz, mientras cursos intensivos para agricultores se transmiten en directo a través de internet. Incluso la televisión ha encontrado una fórmula para convertir el trabajo rural en entretenimiento: un reality show donde jóvenes acostumbrados a la vida urbana deben aprender a cultivar la tierra, enfrentarse a las dificultades del campo y producir sus propios alimentos.
Detrás de estas iniciativas hay algo más que una curiosidad cultural. El Gobierno chino necesita despertar el interés de las nuevas generaciones por una actividad que ha perdido atractivo frente a las oportunidades económicas de las grandes ciudades. Durante décadas, abandonar el campo representó para millones de familias una posibilidad de ascenso social. Ahora, mientras la población agrícola envejece y disminuye la disponibilidad de trabajadores rurales, Pekín intenta recuperar el prestigio de una profesión indispensable para la seguridad nacional.
El propio Xi Jinping participa de esa construcción simbólica. Las cámaras de la televisión estatal lo han mostrado preparando dumplings, uno de los platos tradicionales de la gastronomía china. La escena puede parecer una simple operación de comunicación política, pero adquiere otro significado cuando se recuerda que el actual presidente pasó parte de su juventud trabajando en el campo durante la Revolución Cultural. Aquella experiencia, que para millones de jóvenes representó una imposición del régimen de Mao, forma hoy parte de la narrativa con la que Xi presenta su relación con la China rural.
En 1958, Mao Zedong estaba convencido de que China podía transformarse rápidamente en una potencia industrial. Su proyecto, conocido como el Gran Salto Adelante, pretendía acelerar en pocos años una transformación económica que a otros países les había llevado generaciones. Millones de campesinos fueron organizados en comunas, se impusieron objetivos de producción imposibles y las autoridades locales comenzaron a informar cosechas extraordinarias que, en muchos casos, solamente existían sobre el papel. Mientras el Partido Comunista celebraba los avances de la revolución, en las aldeas comenzaba a faltar comida.
Lo que siguió fue una de las mayores tragedias provocadas por decisiones políticas en la historia moderna. Entre 1959 y 1961, China sufrió una hambruna que dejó decenas de millones de muertos, según distintas estimaciones históricas. Las políticas agrícolas equivocadas, la extracción forzosa de granos, la falsificación de estadísticas y las restricciones impuestas a los campesinos convirtieron una crisis productiva en una catástrofe humana. El Estado controlaba prácticamente todo, incluso la información que necesitaba para comprender lo que estaba ocurriendo. Y cuando finalmente reconoció la magnitud del desastre, millones de personas ya habían muerto.
Hay una ironía cruel en esta historia. El gobierno que prometía alimentar mejor a su población terminó provocando una hambruna de dimensiones extraordinarias. La revolución pretendía liberar al campesinado, pero fue precisamente el campesinado quien pagó el precio más alto de sus experimentos económicos.
Xi Jinping conoce bien esa historia. Nació en 1953 y creció durante los años en que China atravesaba aquella transformación traumática. Durante la Revolución Cultural fue enviado a trabajar al campo, una experiencia que posteriormente ocuparía un lugar importante en su biografía política. Hoy gobierna una China irreconocible frente a la de Mao: industrializada, tecnológicamente avanzada, profundamente integrada al comercio internacional y capaz de competir con Estados Unidos por el liderazgo económico mundial. Sin embargo, detrás de los rascacielos de Shanghái, las fábricas de Shenzhen y los avances en inteligencia artificial permanece una preocupación mucho más antigua.
¿Cómo alimentar a 1.400 millones de personas si el mundo vuelve a entrar en una etapa de conflictos prolongados?
China concentra aproximadamente el 17% de la población mundial, pero dispone de una proporción considerablemente menor de las tierras cultivables del planeta. Buena parte de su territorio está ocupada por montañas, desiertos y regiones donde la agricultura enfrenta limitaciones naturales. El agua tampoco está distribuida de manera uniforme. Mientras el sur dispone de importantes recursos hídricos, algunas de las principales zonas agrícolas del norte enfrentan presiones sobre sus reservas.
Estados Unidos tiene una ventaja que pocas veces aparece en las discusiones sobre la rivalidad entre ambas potencias: enormes extensiones agrícolas, abundantes recursos naturales y una población mucho menor. Puede producir grandes cantidades de alimentos para su mercado interno y, al mismo tiempo, exportar una parte considerable de sus cosechas.
China no tiene ese margen de maniobra.
Y esto es crucial para comprender buena parte de las decisiones económicas que está tomando Beijing.
Durante décadas, el extraordinario crecimiento chino transformó los hábitos alimentarios de su población. Cientos de millones de personas abandonaron la pobreza, emigraron hacia las ciudades y comenzaron a consumir productos que antes estaban reservados para sectores privilegiados. La carne, los aceites vegetales y los alimentos procesados adquirieron un protagonismo creciente. El arroz continuó siendo fundamental, pero una sociedad más próspera empezó a exigir una dieta mucho más diversificada.
El problema es que producir más alimentos no depende exclusivamente de tener dinero para comprarlos.
Si tomamos, por ejemplo, el caso de la carne de cerdo, uno de los productos más importantes de la gastronomía china. El país posee una enorme industria porcina, con cientos de millones de animales que necesitan alimentación constante. Buena parte de esa producción depende de la harina de soja, utilizada como ingrediente en los alimentos balanceados. Y allí aparece una vulnerabilidad estratégica: China no produce suficiente soja para abastecer su demanda interna.
Necesita importarla y en cantidades enormes. Sus compras internacionales superan los 100 millones de toneladas anuales, una cifra que ayuda a explicar por qué las decisiones comerciales de China pueden modificar los precios agrícolas desde Chicago hasta los puertos brasileños.
Durante años, Estados Unidos fue uno de sus proveedores fundamentales. Los agricultores estadounidenses sembraban soja, los exportadores organizaban los embarques y los compradores chinos recibían la materia prima necesaria para sostener su producción de carne. Era una relación comercial extraordinariamente conveniente para ambas partes.
Hasta que la política decidió intervenir.
La guerra comercial iniciada durante la primera presidencia de Donald Trump y las posteriores disputas arancelarias introdujeron un elemento que gigante asiático no podía ignorar: depender de un rival estratégico para alimentar a su población representa un riesgo considerable. China respondió diversificando proveedores, fortaleciendo sus relaciones agrícolas con América del Sur y aumentando la importancia de Brasil dentro de sus cadenas de suministro.
No fue solamente una decisión comercial. Fue una decisión de seguridad nacional.
Brasil, con su enorme territorio, condiciones climáticas favorables y capacidad de expansión agrícola, se convirtió en una pieza fundamental de esta estrategia. Hoy es el mayor productor mundial de soja y el principal abastecedor del mercado chino. La relación ofrece beneficios económicos evidentes para los productores brasileños, pero también plantea dudas sobre la dependencia de un comprador dominante.
Porque existe una diferencia importante entre venderle a China y depender de China.
Un país que concentra una proporción excesiva de sus exportaciones en un solo mercado puede descubrir, tarde o temprano, que su principal cliente también tiene capacidad para condicionar precios, inversiones y decisiones comerciales. La potencia asiática comprende perfectamente esa relación de fuerzas. Por eso no se limita a comprar granos. También busca participar en la infraestructura que permite transportarlos.
China está invirtiendo en puertos, terminales logísticas, ferrocarriles y corredores comerciales que conectan las regiones productoras con los mercados internacionales. En Brasil, estas inversiones contribuyen a mejorar la capacidad de exportación agrícola. Pero también permiten reducir costos, asegurar abastecimiento y aumentar la influencia china sobre las rutas comerciales.
Es lo que podríamos llamar una nueva Ruta de la Seda alimentaria.
La histórica Ruta de la Seda conectaba civilizaciones mediante el intercambio de mercancías, conocimientos y tecnologías. La versión contemporánea impulsada por el aparato estatal chino, conocida como la Iniciativa de la Franja y la Ruta, busca desarrollar corredores comerciales mediante inversiones en infraestructura. Aunque no fue concebida exclusivamente para transportar alimentos, sus puertos, ferrocarriles y centros logísticos adquieren una importancia creciente dentro de la estrategia de seguridad alimentaria china.
El interés de Beijing en conectar el interior agrícola brasileño con puertos del Pacífico, como el Puerto de Chancay en el Perú, incluso mediante proyectos de infraestructura vial, como la vía Bioceánica entre Brasil y Perú, responde a una lógica que va mucho más allá de la construcción de infraestructura. En resumen, China quiere tener alternativas.
Actualmente, una parte considerable de su comercio marítimo atraviesa el estrecho de Malaca, uno de los pasos comerciales más importantes del planeta. Por allí circulan cargamentos de energía, materias primas y productos industriales que conectan Asia con el resto del mundo. El problema es que esa concentración también representa una vulnerabilidad.
¿Qué pasaría si una crisis militar en torno a Taiwán interrumpiera las rutas marítimas? ¿Cuánto tiempo podría sostener China sus importaciones habituales? ¿Qué consecuencias tendría para su industria alimentaria una interrupción prolongada del comercio?
La posibilidad de un bloqueo marítimo preocupa a los estrategas chinos desde hace décadas. No significa que ese escenario sea inevitable ni que todos los proyectos ferroviarios puedan sustituir económicamente al transporte por mar. Significa que China está dispuesta a invertir enormes recursos para reducir riesgos que considera estratégicos.
Malaca no es el único punto vulnerable del comercio mundial. El estrecho de Ormuz, situado entre Irán y la península arábiga, constituye otra de las grandes arterias de la economía internacional. Por sus aguas circula una parte importante del petróleo y del gas natural comercializados por vía marítima. Cuando las tensiones militares amenazan esa ruta, los mercados energéticos reaccionan incluso antes de que se produzca una interrupción efectiva del suministro.
Acá aparece un factor clave que muchos no toman en cuenta en la ecuación. El petróleo y el gas natural están intrínsecamente ligados a la producción de fertilizantes y al precio de los alimentos.
La agricultura moderna depende de enormes cantidades de energía. Los tractores necesitan combustible, los granos deben transportarse y los fertilizantes nitrogenados requieren gas natural como materia prima fundamental para producir amoníaco. Si una guerra, como la actual en Irán, encarece la energía o interrumpe las exportaciones de fertilizantes, el impacto puede trasladarse a los costos de producción agrícola de países situados a miles de kilómetros.
Un agricultor brasileño, argentino o colombiano puede terminar pagando más por la urea como consecuencia de una crisis militar en Medio Oriente, aunque nunca haya comercializado directamente con Irán.
La guerra ocurre lejos. La factura llega cerca.
La invasión rusa de Ucrania ya había demostrado hasta qué punto los conflictos militares pueden alterar el abastecimiento mundial de alimentos. Ambos países ocupan posiciones relevantes en los mercados de trigo, maíz y aceite de girasol, mientras Rusia también es un proveedor importante de fertilizantes. Los ataques contra instalaciones portuarias, las dificultades de navegación en el mar Negro y las restricciones comerciales provocaron fuertes tensiones en los mercados agrícolas.
China respondió fortaleciendo rutas alternativas y ampliando sus vínculos comerciales con países de Asia Central. Kazajistán, por ejemplo, ha adquirido mayor importancia como proveedor de determinados productos agrícolas y como territorio de tránsito para corredores ferroviarios que conectan China con otras regiones.
Se repite el mismo principio: evitar que una sola guerra, una sola frontera o un solo estrecho marítimo pueda comprometer el abastecimiento.
Sin embargo, hay un adversario frente al cual ninguna potencia puede negociar acuerdos comerciales ni desplegar buques militares.
El clima.
La agricultura mundial enfrenta una creciente exposición a fenómenos meteorológicos extremos. Sequías prolongadas, inundaciones y olas de calor pueden destruir cosechas enteras o reducir significativamente los rendimientos. El fenómeno de El Niño, asociado al calentamiento periódico de las aguas del Pacífico ecuatorial, modifica los patrones de precipitación y temperatura en distintas regiones del planeta.
Sus efectos no son uniformes. Dependiendo de su intensidad y de la época del año, puede favorecer sequías en determinadas zonas agrícolas y lluvias extraordinarias en otras. Para países productores de cereales, soja y otros alimentos básicos, estas alteraciones representan riesgos económicos importantes.
Conviene aclarar que no todas las sequías ni todas las inundaciones son consecuencia de El Niño. Pero el fenómeno demuestra algo fundamental: incluso en una economía globalizada y tecnológicamente avanzada, la producción de alimentos continúa dependiendo de procesos naturales que los gobiernos no pueden controlar.
China enfrenta este problema dentro de sus propias fronteras. Las sequías en la cuenca del Yangtsé, las inundaciones en regiones agrícolas y la presión sobre los recursos hídricos obligan a invertir en sistemas de riego, semillas más resistentes y tecnologías destinadas a mejorar la productividad.
La población rural también está envejeciendo. Muchos jóvenes prefieren trabajar en las ciudades antes que continuar las actividades agrícolas de sus familias. Algunas tierras enfrentan problemas de degradación y contaminación, mientras la disponibilidad de agua impone límites adicionales a la expansión productiva.
Por mucho dinero que invierta Beijing, no puede fabricar millones de hectáreas fértiles de la noche a la mañana. Y tampoco puede controlar el clima.
Por eso su estrategia alimentaria combina dos objetivos aparentemente contradictorios: aumentar la autosuficiencia en productos esenciales y profundizar sus vínculos comerciales con proveedores extranjeros. Busca producir internamente todo aquello que considera indispensable y, al mismo tiempo, asegurarse múltiples alternativas para importar lo que no puede producir en cantidades suficientes.
En el caso del arroz, el trigo y otros cereales básicos, el dragón asiático utiliza subsidios, incentivos agrícolas, investigación genética y tecnologías destinadas a mejorar los rendimientos. También mantiene reservas estratégicas que pueden utilizarse durante emergencias o interrupciones del abastecimiento.
Es una política costosa. Mantener grandes reservas implica financiar almacenamiento, conservación, transporte y reposición de productos. Pero para un gobierno que conoce las consecuencias políticas del hambre, esos costos pueden parecer razonables frente al riesgo de una crisis alimentaria.
Aquí aparece una diferencia interesante entre la manera en que las grandes potencias interpretan la globalización.
Durante años nos explicaron que el comercio internacional terminaría reduciendo las tensiones políticas porque todos los países tendrían demasiado que perder en una guerra. La teoría era atractiva: cuanto mayor fuera la interdependencia económica, menores serían los incentivos para el conflicto. La realidad terminó siendo bastante menos elegante.
Rusia invadió Ucrania. Las tensiones en Medio Oriente alteraron mercados energéticos y rutas comerciales. Estados Unidos y China multiplicaron sus disputas tecnológicas y arancelarias. Los gobiernos comenzaron a hablar nuevamente de autonomía estratégica, seguridad económica y protección de cadenas de suministro.
La globalización no desapareció. Pero dejó de parecer una garantía de estabilidad. China lo entendió y está actuando en consecuencia.
Mientras tanto, e l Gobierno de Xi Jinping continúa avanzando con una estrategia que combina planificación estatal, inversión tecnológica y pragmatismo comercial. Su sistema político permite concentrar decisiones estratégicas con una velocidad que muchas democracias difícilmente podrían reproducir. Eso puede facilitar proyectos de largo plazo, pero también encierra riesgos conocidos: cuando el poder se concentra demasiado, los errores pueden multiplicarse sin encontrar mecanismos efectivos de corrección.
La historia de Mao debería ser suficiente advertencia.
Después de todo, la peor hambruna de la China contemporánea no fue consecuencia de una invasión extranjera ni de un bloqueo naval. Fue provocada fundamentalmente por decisiones tomadas dentro del propio sistema político, en nombre de un proyecto que prometía prosperidad colectiva.
Xi Jinping parece haber comprendido que la alimentación no puede quedar librada exclusivamente a las circunstancias del mercado internacional.
Mientras buena parte del debate internacional se concentra en quién dominará la inteligencia artificial, quién fabricará los semiconductores más avanzados o quién tendrá la flota militar más poderosa, Beijing dedica enormes esfuerzos a una preocupación mucho más elemental: garantizar que sus ciudadanos puedan seguir comiendo incluso si el comercio mundial entra en crisis.
Las grandes potencias necesitan tecnología, energía, capital y capacidad militar. Pero también necesitan alimentos. Y cuando estos comienzan a escasear, las discusiones ideológicas suelen perder importancia frente a una realidad bastante más urgente.
El hambre ha derribado gobiernos, debilitado imperios y desencadenado revoluciones mucho antes de que existieran los mercados financieros modernos.
En China, esa memoria sigue presente.
Mao quiso transformar China sacrificando a sus campesinos en nombre de la revolución. Décadas después, Xi Jinping intenta proteger la estabilidad del país asegurando sus cosechas, sus importaciones y sus reservas.
Dos líderes, dos épocas y una misma preocupación que atraviesa toda la historia china.
Al final, ninguna potencia puede gobernar indefinidamente sobre una población que no tiene qué comer. Y ningún ejército, por poderoso que sea, puede defender una prosperidad que desaparece cuando se interrumpe el suministro de alimentos.
Los imperios pueden sobrevivir a muchas derrotas. Al hambre, rara vez.
