Unidad frente al populismo: el mensaje detrás de la frase de Uribe

La política latinoamericana atraviesa una etapa de alta volatilidad emocional. Las identidades pesan más que los programas, las consignas más que los números y el rechazo al adversario, muchas veces, sustituye a la reflexión estratégica. En ese contexto, una frase dicha casi al pasar por Álvaro Uribe Vélez durante una entrevista radial condensa una idea que va mucho más allá de la coyuntura electoral colombiana: “Si Abelardo es el que pasa a la segunda vuelta, estaremos con él; si es Paloma, él le cargará maletas”. No es solo una declaración de apoyo. Es, sobre todo, una señal de racionalidad política en tiempos de polarización extrema y de creciente tentación populista.

Uribe hablaba de Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia, dos figuras que compiten dentro del mismo espacio ideológico. El mensaje, sin embargo, no fue interno sino sistémico: más importante que el nombre propio es el objetivo político. La prioridad no es quién encabeza la boleta, sino qué proyecto llega al poder y cuál se queda fuera. En una región acostumbrada a confundir pluralismo con fragmentación, esa distinción es clave. La diversidad sin coordinación no fortalece a la democracia; la debilita.

Esta lógica adquiere un peso mayor cuando se observa el contexto nacional. Colombia atraviesa hoy un momento de riesgo profundo. El populismo de Gustavo Petro no ha sido solo un estilo discursivo, sino un método de gobierno. La confrontación permanente, la desconfianza hacia los contrapesos institucionales, la improvisación en políticas públicas sensibles y el uso intensivo de la narrativa amigo-enemigo han producido un desgaste acumulativo. No se trata únicamente de desacuerdos ideológicos; se trata del impacto real sobre la gobernabilidad, la economía y la confianza social.

El deterioro institucional no siempre es abrupto. A menudo se manifiesta en decisiones pequeñas, en señales ambiguas, en mensajes contradictorios que van erosionando la previsibilidad. La inversión se retrae cuando no hay reglas claras; los servicios públicos se resienten cuando las reformas se diseñan sin viabilidad técnica; la política exterior se debilita cuando se sustituye la diplomacia por la tribuna. El resultado es un país más incierto, más tensionado y menos capaz de proyectar estabilidad.

En ese escenario, la eventual llegada de Iván Cepeda al poder no aparece como una simple continuidad administrativa, sino como un apague y vámonos. Cepeda ha sido explícito en su intención de profundizar las reformas del actual gobierno. No se trata de una corrección de rumbo, sino de una aceleración. Persistir en ese camino implicaría consolidar un modelo que ya ha mostrado límites serios: un sistema de salud sometido a tensiones innecesarias, fondos de pensiones expuestos a decisiones políticas y una economía condicionada por impulsos más ideológicos que técnicos.

Uribe fue directo al plantearlo: el eje de la elección no está entre candidatos del mismo sector, sino frente al proyecto que encarna el petrismo. Desde su perspectiva, dividirse frente a ese escenario no es una expresión de pluralismo democrático, sino una forma de irresponsabilidad política. La claridad del adversario redefine las prioridades. Cuando el riesgo es alto, la dispersión se vuelve un lujo que no se puede pagar.

La cercanía entre Uribe y De la Espriella, así como el respaldo explícito a Paloma Valencia como figura política de peso, refuerzan esa idea de bloque. No se trata de unanimidad forzada ni de borrar diferencias legítimas. Se trata de comprender el momento histórico. Hay tiempos para la competencia interna y tiempos para la convergencia estratégica. Confundir uno con otro suele tener costos elevados.

El espejo chileno

Chile ofreció recientemente un ejemplo elocuente. En un país donde la derecha ha sido históricamente fragmentada, las elecciones presidenciales mostraron un giro pragmático. Sectores con matices distintos —e incluso con recelos mutuos— entendieron que la única forma de competir era cerrar filas detrás de José Antonio Kast. No todos compartían su estilo ni la totalidad de su agenda, pero el cálculo fue racional: la dispersión garantizaba la derrota.

Ese movimiento no eliminó las diferencias internas ni resolvió los debates de fondo, pero permitió algo previo y esencial: competir en serio. La política, antes que un ejercicio de pureza ideológica, es un mecanismo de poder. Sin poder, las ideas no gobiernan; apenas declaman. Chile entendió que primero había que ordenar la aritmética electoral; después vendría la discusión programática.

Colombia se encuentra hoy ante un cruce similar. La frase de Uribe, con su tono coloquial y su carga simbólica, apunta exactamente en esa dirección. “Cargar maletas” no es una humillación, sino la aceptación de una regla básica de la política democrática: el que pierde acompaña, el que gana lidera y el adversario común no está dentro del propio campo.

El desafío, sin embargo, no termina en ganar una elección. Quien llegue a la Casa de Nariño después del Pacto Histórico enfrentará un panorama complejo. Gobernar después del populismo suele ser más difícil que ganar. Habrá que recomponer relaciones institucionales dañadas, recuperar la confianza de los mercados, reordenar las finanzas públicas y reconstruir un clima de normalidad política tras años de confrontación permanente. No será un gobierno de anuncios grandilocuentes, sino de correcciones silenciosas y decisiones impopulares.

Además, el próximo presidente heredará una sociedad cansada. Cansada del ruido, de la épica permanente, de la política como espectáculo. Reconstruir confianza exige tiempo, consistencia y un cambio de tono. Exige volver a poner a la razón por encima de la consigna y a la gestión por encima del relato. Es un trabajo ingrato, pero indispensable.

En tiempos donde la emocionalidad domina el debate público, la racionalidad se vuelve casi un acto de rebeldía. Entender que la política es suma antes que resta, que la matemática electoral importa tanto como la retórica y que la unidad táctica no implica renunciar a las convicciones, es una lección que Chile aprendió a tiempo y que Colombia aún está a tiempo de aprender.

La elección que viene no será solo un plebiscito sobre nombres. Será una prueba de madurez política. De si un sector es capaz de comportarse como alternativa de poder y no como una colección de egos. La historia reciente es clara y poco indulgente: cuando la política se deja gobernar por impulsos, suele perder incluso cuando cree tener la razón.

Compartir
Author

VISIÓN, La Revista Latinoamericana

Lo más relevante de la economía, la política y los movimientos sociales de las naciones de habla hispana de este continente, es analizado por los más renombrados periodistas y columnistas que viven a diario estos cambios en sus respectivos países. VISIÓN le ofrece cada 30 días el punto de vista latinoamericano, de los sucesos más importantes que ocurren en nuestro continente.