Maduro, Trump y el problema del día después

La caída de Nicolás Maduro no fue simplemente la remoción abrupta de un hombre fuerte, fue un acontecimiento histórico que desnuda, con una crudeza casi didáctica, el agotamiento de un proyecto político que durante un cuarto de siglo confundió poder con permanencia. La operación militar estadounidense, ejecutada en cuestión de horas, no solo mostró una capacidad técnica abrumadora sino que dejó al descubierto algo aún más incómodo para el chavismo, la absoluta inutilidad de un sistema de defensa venezolano en el que se invirtieron miles de millones de dólares durante años, presentado como baluarte antiimperialista y finalmente incapaz de proteger siquiera el corazón del régimen.

Durante dos décadas, Caracas fue convertida en vitrina geopolítica. Radares rusos, misiles de fabricación extranjera, asesoría iraní, entrenamiento cubano, desfiles militares cuidadosamente coreografiados, discursos sobre soberanía y resistencia. Todo ese andamiaje colapsó en una madrugada. Las defensas aéreas fueron neutralizadas en minutos, las comunicaciones interrumpidas, los centros de mando desorientados, las unidades clave paralizadas sin una respuesta coordinada. No hubo defensa en capas, no hubo reacción disuasiva, no hubo siquiera una escaramuza sostenida que justificara la narrativa épica construida durante años. El Estado que decía estar listo para una guerra asimétrica fue incapaz de resistir una operación quirúrgica.

Ese vacío operativo abre inevitablemente la puerta a sospechas más profundas. La pregunta no es solo cómo falló el sistema, sino por qué falló con tanta docilidad. En un régimen obsesionado con el control, la rapidez del colapso sugiere algo más que incompetencia. Sugiere fracturas internas, deserciones silenciosas, pactos tácitos, quizá traiciones. Ninguna operación de esta magnitud puede ejecutarse sin información precisa, sin zonas liberadas de antemano, sin una cierta pasividad, cuando no colaboración, de sectores del aparato militar. El chavismo siempre gobernó con miedo a sus enemigos externos, pero terminó siendo rehén de sus desconfianzas internas.

La escena final, Maduro intentando refugiarse en una sala fortificada que nunca cumplió su promesa de seguridad, tiene algo de metáfora histórica. Como ocurrió con otros autócratas latinoamericanos del siglo XX, la fortaleza del régimen resultó ser en gran parte escenográfica. Pasó con Manuel Noriega, pasó con caudillos que parecían inexpugnables hasta que dejaron de serlo. El poder, cuando se sostiene solo en la coerción y el miedo, suele evaporarse con una rapidez que sorprende incluso a quienes lo ejercen.

Donald Trump evitó hacer aquello que habría despejado la principal incógnita política del momento, reconocer explícitamente al ganador legítimo de las elecciones de 2024, Edmundo González Urrutia, y trazar una hoja de ruta clara hacia una transición civil. Esa omisión no es menor. La fuerza militar puede abrir la puerta, pero no puede llenar el vacío de legitimidad. Sin el respaldo explícito al resultado electoral y sin un camino definido hacia el traspaso civil del poder, la operación queda suspendida en una ambigüedad peligrosa, eficaz para derrocar, insuficiente para fundar un nuevo orden político.

A esa cautela interna se sumó otra señal inquietante. Donald Trump evitó otorgarle legitimidad política a María Corina Machado, pese a que encarna el liderazgo más consistente y sostenido de la oposición venezolana en la última década. Su ausencia de respaldo explícito no fue un gesto menor ni accidental. Al omitirla, Trump dejó en suspenso no solo una figura, sino una vía clara de representación civil del quiebre político. La señal fue elocuente, la operación removió al hombre fuerte, pero no consagró un liderazgo alternativo. En un país acostumbrado a interinatos, tutelas y transiciones inconclusas, esa omisión refuerza el riesgo de que el poder real quede atrapado entre un chavismo replegado y una oposición a la que todavía no se le reconoce plenamente autoridad para gobernar.

Mientras tanto, el chavismo demuestra que no ha sido derrotado, solo herido. Delcy Rodríguez asumió como presidenta interina, sostenida por la estructura formal del Estado, por el partido gobernante y por sectores todavía leales de las fuerzas armadas. Su discurso inicial no fue conciliador ni transicional, fue defensivo, confrontacional, diseñado para mantener cohesionada a la base dura del régimen. El mensaje es claro, el chavismo no se disuelve con la captura de su líder, se repliega, se reorganiza y espera.

Históricamente, los regímenes autoritarios latinoamericanos no caen en línea recta. Se fragmentan, negocian, traicionan, sobreviven en formas mutadas. El chavismo nació como movimiento, derivó en sistema y terminó como red. Red de intereses, de lealtades cruzadas, de economías ilegales, de mandos militares con poder territorial. Por eso la caída de Maduro no equivale al fin del chavismo, equivale al inicio de su fase más incierta, aquella en la que el mito de invulnerabilidad ya no protege a nadie.

La reacción no se expresó en las calles de Venezuela, sino fuera de ellas. La celebración ocurrió principalmente en el exilio, en Miami, Madrid, Bogotá, Buenos Aires, allí donde millones de venezolanos pudieron permitirse lo que dentro del país aún resulta riesgoso, celebrar. En territorio venezolano predominó otra emoción, alivio silencioso, cautela aprendida, memoria. La experiencia ha enseñado que los momentos de quiebre suelen ir seguidos de largas zonas grises, y que la ingenuidad se paga caro. María Corina Machado habló de restitución institucional, de liberación de presos políticos, de reconstrucción nacional y del retorno de los exiliados. Es un lenguaje de Estado, no de revancha, pero su viabilidad depende de algo esencial, que el poder real no quede atrapado entre un interinato chavista y una tutela externa.

El factor geopolítico amplifica la escena. La pasividad de Rusia, Irán y Cuba confirma que las alianzas autoritarias funcionan más como retórica que como garantía. Pero también deja a Venezuela sola, convertida en laboratorio de una nueva etapa hemisférica donde las reglas son más difusas y el poder se ejerce con menos pudor. Para muchos gobiernos de la región, el mensaje es inquietante, la estabilidad ya no se mide solo por elecciones o consensos, sino por la capacidad de evitar convertirse en un problema estratégico.

El petróleo, como siempre, acecha en el trasfondo. La riqueza que el chavismo prometió repartir y terminó destruyendo vuelve a aparecer como botín y como esperanza. Pero la historia es clara, sin legitimidad política, sin Estado de derecho y sin control civil efectivo, no hay reconstrucción económica que dure. La renta petrolera sin instituciones ya demostró su esterilidad, su capacidad para corromperlo todo.

La captura de Maduro marca un antes y un después, pero no clausura el conflicto. Revela la fragilidad de un régimen que invirtió fortunas en armas inútiles, exhibe las fisuras internas que hacen pensar en traiciones silenciosas, y obliga a decidir qué se hace con el vacío que deja el derrumbe del mito. Venezuela está ante una bifurcación histórica, o la fuerza se transforma rápidamente en legitimidad democrática, o el país quedará atrapado en un limbo donde ni el chavismo gobierna plenamente ni la democracia logra nacer. La historia latinoamericana es implacable con las oportunidades desperdiciadas, y Venezuela ya ha desperdiciado demasiadas.

Author

Samuel Mémoli

Periodista, creador de contenidos editoriales y corresponsal de prensa.