La maldición de ser bella

“Le dicen “la Muñe” y la encuentras viviendo en las puertas del cementerio local, mira sin mirar, habla sin hablar y desde hace muchos años la ven deambular por el pueblo a cualquier hora como fantasma que se escapó de algún lado”.

La niña se despertó, estaba durmiendo en la misma habitación donde su madre vivía con su nueva pareja. Desatendiendo las instrucciones de su progenitora, preguntó dónde estaba su papá. El hombre se despertó rabioso e increpó a la mamá. ¡Dijiste que no iba a molestarnos! que estaría quieta y mira! Tomó la pistola que tenía debajo de la almohada y dio inició una agria discusión con su pareja, que condujo a que le dispara a la niña en la cara. Ella cayó hacia atrás, convulsionó y murió. Tenía cinco años.

Le dicen “la Muñe” y la encuentras viviendo en las puertas del cementerio local, mira sin mirar, habla sin hablar y desde hace muchos años la ven deambular por el pueblo a cualquier hora como fantasma que se escapó de algún lado. Todavía recuerdo el día en que una mujer filántropa, directora de una fundación y una de las creadoras de la cultura de la mendicidad en un país acosado por una lluvia de impuestos, donde había que pagarle tributos a un Estado leonino y corrupto y a las guerrillas marxistas que vivían de la extorsión antes de convertirse en un cartel de drogas.

Esta poderosa institución pedía dinero en las cajas de los supermercados cada vez que las personas hacían un pago o realizaban operaciones en un cajero automático. Era esposa de uno de los poderosos del país y llegó como siempre lo hacía todos los diciembres a liberar sus culpas, haciendo una que otra obra de caridad. Llego a la puerta del cementerio con el supuesto interés de ayudar a la Muñe, fue la última vez que escucharon su voz; cuando la dama le inquirió y le preguntó por qué vivía donde estaban los muertos, en su último impulso de lucidez, contestó: porque yo ya estoy muerta.

Fue una época complicada de entender y muy difícil de vivir. Colombia, siempre polarizada, vivió su peor momento en su historia de vida republicana. Las guerrillas marxistas, con sus discursos hipócritas, se habían tomado el campo y tenían a los ganaderos a su merced.

Ellos no secuestraban; retenían. Ellos no mataban; ajusticiaban en nombre de un pueblo que nunca les concedió ese derecho, mientras sus jefes con vocación de jeques árabes tenían el último anillo de seguridad custodiado por sus amantes, todas menores de edad que eran arrebatadas a los campesinos.

Ya conquistado el campo comenzaron a tocar industriales, banqueros y todo lo que a su juicio representara el "establecimiento".

Eran sucios y oportunistas y no se les podía derrotar aplicando la Constitución y el orden jurídico.

Por eso un grupo de empresarios, industriales, políticos, ganaderos y generales del ejército, con el apoyo y aval del alto gobierno, decidieron crear un batallón de asesinos con licencia para matar guerrilleros y todo lo que oliera a ellos: sindicalistas, defensores de derechos humanos, profesores, ambientalistas y una vez que tomaron el control, lo extendieron hasta “a quien les diera la gana”. No se movía una hoja en el pueblo si ellos no lo autorizaban.

La Muñe, una mujer impactante, delgada, piel canela , de la cual brotaba una sensualidad desbordante, poseía una cabellera de rizos dorados que era punto de atracción donde estuviera. Ella casi siempre estaba en compañía de su esposo, un profesor de literatura del colegio del pueblo y sus dos hijos, una niña de cinco años y un niño de 7, tuvo la desgracia de pasar ese día por el parque del pueblo, donde estaba el Gavilán (Así le decían al jefe paramilitar del pueblo) un tipo gordo, grotesco, de 45 años, que comandaba la zona y tenía un gusto especial por las mujeres delgadas y de pelo crespo.

Todos los que le conocían, sabían que esa mirada atenta, con la que siguió el desplazamiento del profesor y su familia por el parque, era una sentencia de muerte para él y el comienzo de la más terrible pesadilla para ella.

Por eso no se sorprendieron cuando dos días más tarde aparecieron en una represa cerca al colegio, los cadáveres del profesor y de su hijo de 7 años.

Los orificios que dejaron los tiros de gracia en la parte posterior del cráneo,no impidieron que medicina legal dictaminara como causa del deceso: ahogamiento por inmersión.

Los pocos que vieron los cadáveres, antes de que el alcalde ordenara sepultarlos, observaron cómo el agua acumulada en la cabeza brotaba a través de los huecos que dejaron las balas y entendieron que ellos no eran el objetivo. Esta era solo una parte del plan siniestro montado por el paramilitar. El miedo se apoderó de ellos y dejaron sola a la Muñe.

El Gavilán se había hecho famoso en la región por arrebatar a los campesinos sus hijas adolescentes. Escaló posiciones dentro de la organización cuando descubrió la forma de meter un difunto en una fosa de 60 cm; un día en un supermercado vio un pollo exhibido en una bandeja pequeña de icopor, envuelto en plástico, y le pareció genial hacer lo mismo con sus víctimas para que sus hombres no perdieran tiempo cavando tumbas normales.

Cuando avisaron a la Muñe de la muerte de su esposo y de su hijo, ya los habían enterrado. Corrió al cementerio para despedirse, y allí mismo, llorando sobre la tumba de sus seres queridos, fue notificada personalmente por el Gavilán, de que, a partir de ese momento por ser una mujer viuda y libre, sería su pareja. Y si se negaba su hija de cinco años que le acompañaba, podía sufrir otro accidente fatal.

Entonces entendió todo, miro hacia atrás y vio que estaba sola. Todos huyeron cuando vieron llegar al jefe paramilitar.

Por eso no ofreció resistencia alguna cuando el Gavilán la tomó del brazo, la sacó del camposanto y la subió a su carro.

Cuando llegaron a la casa del paraco, este echó a la moza de turno y le explicó a la Muñe que cuando estuvieran en la alcoba, la niña no debía molestar.

Esa mañana, la Muñe, al ver a su hija muerta, consumó su último acto de lucha, se lanzó sobre el Gavilán y con los dientes le quitó una oreja, y se la tragó. Los escoltas lo llevaron para que lo curaran y otros la tomaron a ella para desaparecerla, pero una llamada del comandante general para felicitar al grupo por su contribución en la defensa de la democracia al dar de baja a un peligroso profesor delincuente, la salvó. Solo por eso la dejaron ir, pero ya había perdido para siempre la lucidez, estaba loca.

Meses después una pareja de enamorados, entró al cementerio a hacer el amor, era un amor prohibido, que solo se podía vivir lejos de miradas inquisidoras. La protagonista era la esposa de un alto funcionario, a quien no se podía llevar a un motel o residencia. Cuando fueron sorprendidos por los ojos inquietos de la Muñe. La amante preguntó quién era y el hombre contestó: Es la Muñe; quedó loca desde que mando a matar a su marido y a sus hijos para irse a vivir con un paraco. ¿O sea que eso le pasó por cachona? repuso la mujer. Si. Así es, contesto el hombre, ¡por cachona!

Author

Jorge Barros Rodríguez

Periodista colombiano especializado en temas políticos y económicos. Escritor y director de la revista VISIÓN desde el año 2002. Email: jombar037@gmail.com